REGRESIONES A ADOLESCENTES QUE SUFREN
- Andrés Lagar García

- 8 jun
- 16 min de lectura
La pregunta más escuchada: “¿Qué le pasa a mi hijo?”
Sin lugar a dudas, tras treinta años como orientador escolar de alumnos de ESO y Bachillerato, la pregunta que más se ha repetido en mis entrevistas con las familias ha sido “¿Qué le pasa a mi hijo?”. Los padres me manifestaban que su hijo o hija había cambiado mucho últimamente, que ya no era el mismo, que actuaba de manera distinta y que se comportaba en casa de forma diferente.
Es muy importante recalcar que la adolescencia es el segundo periodo de mayor cambio evolutivo tanto a nivel físico como a nivel de estructuras psíquicas por el que atravesamos en nuestra vida, siendo el primer año de vida el periodo más intenso de evolución en nuestra existencia, ya que en esos doce primeros meses pasamos de ser totalmente dependientes a caminar, reconocer rostros, comprender el lenguaje, desarrollar memoria y comenzar a construir vínculos de apego. El volumen del cerebro crece un 64% durante este primer año de vida.
La gran diferencia entre ambos periodos es que el adolescente es plenamente consciente de lo que le está ocurriendo, y esa toma de consciencia hace que dicho cambio se viva como una experiencia subjetiva, existencial y, en muchas ocasiones, como una experiencia traumática y aterradora. Es en esta etapa cuando el cerebro del adolescente experimenta una reorganización radical de su arquitectura mental. La corteza prefrontal es la responsable de la planificación, del control de impulsos, del juicio y de la toma de decisiones; sin embargo, no madura completamente hasta los 25 años, por lo que el adolescente toma decisiones con un cerebro aún inmaduro: un cerebro que todavía está en obras. Los chicos y chicas de entre 14 y 18 años reaccionan con mucha más intensidad emocional porque su amígdala –que es su centro de operaciones a nivel emocional- está a pleno rendimiento, pero su freno -que es la zona prefrontal- todavía está en fase de desarrollo.
Por eso a la pregunta de los padres “¿Qué le pasa a mi hijo? los adolescentes responden con total seguridad: “No sé qué me pasa”. Por eso, no siempre es fácil encontrar una respuesta acertada a lo que le está pasando a un chaval o chavala de 15 años que llega a consulta cargando una ansiedad muy intensa e inexplicable, o que viene con miedos que no tienen explicación en un episodio biográfico que haya acaecido recientemente. La psicología busca las respuestas a estas reacciones desproporcionadas ante sus vivencias cotidianas en su entorno familiar, en los conflictos escolares o en interacciones nada saludables en las redes sociales. Son respuestas legítimas y con frecuencia acertadas, pues podemos encontrar en una deficiente interacción con su entorno más cercano –familia, colegio, amigos-, la causa de su problemática, aunque otras veces puede estar en cómo asimila y vive interiormente esto que le está ocurriendo en su día a día.
Pero hay casos en que ninguna de esas explicaciones es suficiente y no encaja del todo. El adolescente siente algo que no es capaz de explicar con palabras, algo que no sabe nombrar. Va a tratamiento psicológico y en principio hay una mejoría porque se siente escuchado, comprendido y le dan estrategias para calmar los síntomas que está experimentando. Pero hay un problema: como el adolescente no sabe cuál es el origen de lo que le ocurre (no sabe por qué está triste continuamente, no sabe por qué últimamente prefiere estar solo y le sobran los amigos, no sabe por qué antes hacía los exámenes sin ninguna presión y hoy sufre una ansiedad y angustia que le incapacitan para concentrarse el día del examen), el problema no se puede solucionar del todo, porque no está clara la raíz del mismo. Ahí es donde entra de lleno la terapia regresiva, que abre una puerta a la esperanza, al acompañar al adolescente a buscar el origen de su problema e ir al momento exacto donde todo se originó. Una vez que sabemos qué es lo que está pasando y cómo se originaron los síntomas, es más fácil encontrar la solución.
En artículo nace de mi experiencia directa, de esos treinta años acompañando a adolescentes y a sus familias como orientador escolar en uno de los colegios más grandes de Madrid, a la vez que de los últimos cinco años como terapeuta de Terapia Regresiva y coautor de cuatro libros de la Asociación Española de Terapia Regresiva. En dos de estas obras, que citaré en este artículo, comparto casos reales de regresiones a adolescentes, cuyas problemáticas son muy comunes en estas edades, y coincide que llevaban años de tratamientos convencionales sin que hubiera una resolución de su problema, sino que más bien solo alcanzaban una mejoría parcial y transitoria de sus síntomas. Estos casos y otros más me marcaron profundamente a nivel personal y profesional, porque vi que con la terapia regresiva unida a otras técnicas psicopedagógicas combinadas en un tratamiento multidisciplinar se podían resolver muchas de las problemáticas actuales que presentan los adolescentes que vienen a consulta de una manera mucho más rápida y eficaz, pues los jóvenes me han enseñado que tienen una capacidad magnífica para acceder a sus memorias más profundas para llegar a las situaciones o hechos que desencadenaron su sintomatología actual, y que ese acceso puede ser profundamente sanador, ya que despertarán y encontrarán recursos propios que parecían olvidados, logrando sacar su mejor versión de sí mismos.
¿Qué es la Terapia Regresiva?
Fue el prestigioso psiquiatra Brian Weiss quien puso el foco en la Terapia Regresiva como herramienta terapéutica muy eficaz y rápida para tratar síntomas que se resisten a la terapia más convencional y que él utilizaba hasta entonces en su desempeño como Jefe de Psiquiatría del Hospital Mount Sinaí de Miami. En su best seller Muchas vidas, muchos maestros (1988), libro del que se han vendido más de un millón y medio de copias y que ha sido traducido a treinta idiomas, Weiss narra su experiencia con una paciente llamada Catherine, a la que llevaba más de un año intentando ayudar sin éxito con terapia convencional. Quizás lo más llamativo de este libro es que los hechos ocurrieron en 1982 y el doctor Weiss pasó seis años investigando hasta que se atrevió a publicar dicho libro, pues sabía que parte de la comunidad científica trataría de desprestigiarlo. Al cabo de un año de trabajo terapéutico poco efectivo con su paciente Catherine, logra que acceda a someterse a una sesión de terapia regresiva a la infancia –técnica muy utilizada por los psiquiatras americanos en la década de los 70 y 80-. La paciente revive una experiencia traumática siendo bebé –de la que no tenía conocimiento- y experimenta una mejoría en sus síntomas, pero no definitiva. En una segunda sesión Catherine revivió traumas de una vida anterior en Egipto, en el siglo XVIII a. C. La rápida mejoría de la paciente hizo que el escéptico doctor siguiera investigando y, posteriormente, se dedicara de lleno a la divulgación y formación de terapeutas en terapia regresiva.
En su libro A través del tiempo (1992), Brian Weiss define la terapia regresiva de la siguiente manera: “La terapia de regresión es el acto mental de retroceder a una época anterior, cualquiera que sea, a fin de recobrar recuerdos que puedan estar influyendo negativamente sobre la vida actual del paciente y que son, tal vez, la fuente de sus síntomas”.
Con siete años de diferencia, el doctor José Luis Cabouli, publica su libro Terapia de Vidas Pasadas (1995). Este cirujano argentino especializado en cirugía plástica y microcirugía reconstructiva, tras años dedicados a la cirugía, en 1988 tomó la decisión de dejar el ejercicio de la cirugía para continuar con el arte de curar mediante la Terapia de Vidas Pasadas (TVP). En sus distintas obras Cabouli construye la sistematización de esta técnica en castellano y se convierte así en el referente fundamental para todos los terapeutas de habla hispana. Para Cabouli, la TVP es una técnica transpersonal que consiste en traer a la conciencia habitual las experiencias traumáticas ocultas de esta vida y de existencias anteriores que, desde la sombra del subconsciente, están perturbando la vida actual del individuo, para trabajarlas terapéuticamente. “Por medio de la regresión, la persona revive los hechos traumáticos o significativos no resueltos, grabados y reprimidos en la memoria subconsciente y cuya carga emocional aún está actuando, causando los disturbios psíquicos, psicosomáticos y de comportamiento”.
En España esta disciplina cuenta con una estructura consolidada: la Asociación Española de Terapia Regresiva (AETR), presidida por el psicólogo Carlos González Delgado, autor y coordinador de numerosos libros sobre terapia regresiva, y con quién he tenido el honor de formarme como terapeuta.
Otro referente destacado en el contexto español es el doctor Juan José López Martínez, que cuenta con más de nueve mil regresiones documentadas y ha escrito varios libros sobre la terapia regresiva.
Terapia Regresiva y Adolescentes: un cóctel ganador
La mayor parte de la literatura sobre esta terapia de vidas pasadas o terapia regresiva se centra en adultos. Hay poca documentación sobre el trabajo con niños y adolescentes, por la complejidad ética y legal que muchos terapeutas prefieren evitar. En mi caso, mi trayectoria laboral centrada en el trabajo con adolescentes y sus familias me ha permitido poder realizar más de cien regresiones con adolescentes y puedo afirmar que la terapia regresiva no solo es posible, sino que resulta extraordinariamente eficaz.
Jean Piaget, psicólogo suizo autor de la teoría del desarrollo cognitivo, describió cuatro etapas en el desarrollo intelectual humano. La última es precisamente la que viven los adolescentes: la etapa de las operaciones formales. Comienza a los doce años, coincidiendo con el inicio de la adolescencia y se mantiene a lo largo de la vida. Durante ella los jóvenes adquieren la capacidad de pensar de forma abstracta, utilizando ideas en su mente sin depender de la manipulación concreta de objetos. Esto implica que el adolescente es capaz de moverse con soltura por el terreno de lo no tangible, de lo simbólico, de lo hipotético, siendo capaces de manipular ideas y conceptos abstractos, formular hipótesis y sacar conclusiones lógicas, sin necesidad de tener delante la experiencia concreta.
En terapia regresiva la persona no solo trabaja con la información consciente que trae a consulta en su hemisferio izquierdo, sino que puede conectar con la información no consciente que está en su hemisferio derecho, y dicha conexión se hace a través de la imaginación, la fantasía, la creatividad, los sueños y las sincronicidades. Y en este último apartado los adolescentes ganan por goleada a los adultos; es por ello por lo que los jóvenes tienen una facilidad asombrosa para entrar en regresión.
Un adulto que viene a terapia regresiva trae consigo décadas de condicionamiento racional y de creencias sobre lo que es posible y lo que no. Su ego está vigilante y evalúa constantemente si lo que está experimentando tiene sentido para él, si es real o se lo está inventando. Y es este filtro, esta vigilancia, la gran dificultad con la que nos encontramos los terapeutas regresivos para que el consultante llegue a capas más profundas de su mente y de su conocimiento. En el adolescente su sistema de creencias está en construcción, tiene una mente más abierta para permitirse experimentar lo que le viene durante la sesión, sin cuestionarlo ni censurarlo. Durante la sesión de regresión se alcanza un estado expandido de conciencia, similar a una meditación guiada y profunda, durante el cual se gana conciencia, no se pierde. Los adolescentes entran con más facilidad en este estado; por su naturaleza evolutiva, son verdaderos maestros en hacerlo.
En mi práctica acompañando a adolescentes he observado que fluyen de manera espontánea. No se resisten. No se cuestionan. No interrumpen su experiencia y su proceso terapéutico con preguntas racionales sobre la veracidad o la validez de lo que están experimentado. Se permiten “vivir la experiencia” y estar dentro de lo que está ocurriendo con una entrega total, algo que algunos adultos tardarán varias sesiones en alcanzar.
El éxito terapéutico
La clave para que la terapia con el adolescente resulte exitosa es que el adolescente venga convencido de que necesita ayuda, que reconozca que tiene un problema y que sea él quien demanda y acepta la ayuda. Muchas veces el adolescente viene a terapia obligado por su padre o por su madre, y eso es el inicio de un fracaso terapéutico, pues los adolescentes suelen ser muy persistentes cuando están convencidos de algo, y si están convencidos de que no necesitan ayuda o de que nadie les puede ayudar, harán todo lo posible para arruinar el éxito de la terapia.
El otro elemento fundamental es la conexión terapeuta–adolescente. Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos, que los jóvenes son muy viscerales, y que en el primer minuto ya saben si la persona que tienen enfrente les cae bien o mal y si es de fiar o no. Por ello, cualquier terapeuta que trabaje con adolescentes, da igual en qué disciplina, lo primero que debe lograr es esa conexión que hará que la terapia sea un éxito o un fracaso.
Antes de empezar la primera sesión, cuando le explico a un chaval o chavala de 15-16 años cómo trabajo, me suelen hacer una pregunta: “Andrés, ¿esto me va a ayudar?”. Y, sin dar tiempo a que les responda, me dicen: “Pues, adelante”.
Pero la frase que más se repite al acabar la sesión, con distintas palabras, pero con idéntico significado, es la siguiente: “No sé si eso que he visto es real o no, pero me da igual porque me siento mucho mejor”. Aquí dejan claro que lo que les importa es dejar de sufrir, es estar bien. Por ello, en esta sencilla declaración hay más sabiduría que en muchos debates académicos y filosóficos sobre la validez de la terapia regresiva y de lo que la persona revive durante la sesión.
El doctor Juan José López afirma “la terapia regresiva hace uso de una capacidad natural que tenemos todos los seres humanos, que consiste en entrar en estado alterado de conciencia para conectar con una sensación o una emoción. Cuando el paciente contacta con esta emoción o sensación y sigue su hilo conductor, va directamente al origen de la misma, y de este modo es posible solucionar fobias y miedos que lastran la vida de la persona”. Por mi experiencia puedo afirmar que dicha capacidad está mucho más desarrollada en los adolescentes.
Qué se puede trabajar en una regresión con adolescentes
Evidentemente no todos los adolescentes son candidatos a una terapia regresiva ni todos los casos requieren este tipo de trabajo terapéutico. Por ejemplo, nunca se debe hacer una regresión para buscar la causa o el origen de un problema físico sin antes tener una valoración médica que descarte una sintomatología física que requiera tratamiento médico. Tampoco es recomendable cuando existen diagnósticos de trastornos de la personalidad, como esquizofrenia o psicosis, donde la persona tiene dificultades para discernir la realidad. También hay que trabajar de manera individualizada, y siempre con el consentimiento de sus médicos, con los jóvenes que tienen problemas cardiacos o crisis epilépticas.
Aquí cobra mucha importancia la entrevista inicial, ya que mientras más información previa tenga el terapeuta, mejor podrá ayudar a resolver las circunstancias que se presenten durante la sesión. Aquí es el momento de valorar de manera ética si esta terapia podrá ayudar a esta persona en concreto, con sus circunstancias particulares y con su problemática actual.

La terapia regresiva es recomendable y ha demostrado su eficacia en casos de:
Bloqueo escolar y ansiedad escolar: esta terapia ha mostrado ser muy eficaz para eliminar esos bloqueos emocionales que impiden a las personas seguir con sus vidas. También, para encontrar el origen de la ansiedad y lograr desactivar y eliminar los síntomas que genera dicha ansiedad. En el caso de los adolescentes dichos bloqueos y ansiedad se manifiestan principalmente en la escuela: ansiedad y nervios en los exámenes, ataques de pánico, bloqueo con una materia o con un profesor.
Fobias o miedos intensos sin causa biográfica identificada: cuando un joven tiene un miedo desproporcionado a algo y no existe una explicación, sería bueno averiguar si ese origen viene de un registro más profundo.
Cambios bruscos de personalidad o de comportamiento: cuando el joven parece diferente a sí mismo, incluso él o ella misma dicen “últimamente no me reconozco”.
Síntomas físicos sin causa orgánica clara: la somatización es un fenómeno bien documentado. A veces, “el cuerpo grita” (expresa) lo que la mente no es capaz de verbalizar. Como diría el doctor Cabouli: “escucha lo que tu alma te quiere decir”.
Duelos complicados o reacciones intensas ante la muerte: hace poco una joven de 18 años me decía: “no me pude despedir de mi abuela, que murió hace diez años, y desde entonces tengo una opresión en el pecho que me hace sentir mal”.
Sentimientos de no pertenecer: he tratado adolescentes que experimentan que se sienten extraños con su vida, con su entorno cultural o familiar o viven una sensación de “este no es mi lugar”. Recuerdo una chica que revivió escenas de una vida pasada en Escocia, donde me decía “allí fui plenamente feliz”. Pudo traer al presente las cualidades que le hacían feliz en esa vivencia, y empezó a vivir más conectada y con más armonía en su lugar de origen.
Alumnos que han sufrido acoso escolar y que después de un tiempo prudencial no han conseguido remontar anímicamente y continúan hundidos como si el acoso se lo siguieran haciendo actualmente.
Tres casos de éxito terapéutico
Pilar: mucho estrés y ansiedad. Se arrancaba el pelo a tirones.
El primer caso es el de Pilar, documentado en el capítulo 3 “Ya no soy la mejor. Terapia Regresiva con Adolescentes” del libro del que soy coautor El Alma sin Velo. Experiencias de doce terapeutas con la Terapia Regresiva (Asociación Española de Terapia Regresiva, Editorial Punto Rojo Libros, 2022).
Pilar tenía 18 años y estaba finalizando 2º de Bachillerato. Tenía mucho estrés escolar y se presionaba para conseguir unas notas excelentes para poder entrar en la carrera que quería. Me llamaron sus padres de urgencia porque se había bloqueado en un examen y al pensar que lo podría suspender no paraba de llorar y había decidido no ir más al instituto.
En la entrevista me comentó que desde siempre vivía con mucha ansiedad y tensión todo lo relativo a los estudios, y que le resultaba imposible concentrarse y rendir, tenía continuos dolores de cabeza y llevaba el pelo rapado porque se lo arrancaba a tirones cuando estaba estresada. En la sesión vivió una escena de cuando tenía cuatro años: en una carrera en la escuela quedó segunda y vivió con mucha rabia y frustración haber perdido. Después revivió escenas de una supuesta vida en la Edad Media, en la que es un joven al que persiguen los guardias del castillo. Aquí comprendió por qué siempre quería ser la primera en todo, y esa ansiedad y angustia permanente que sentía mientras la perseguían los soldados era la misma con la que vivía cualquier situación en su vida actual. Fue consciente de que en esa vida anterior lo que experimentó tenía sentido porque se jugaba la vida, tenía miedo a morir si la cogían los guardias. Al comparar con su vida actual, pudo ver que ahora su vida no estaba en juego y no tenía miedo a morir, por lo cual pudo desprenderse de los síntomas para siempre.
Al día siguiente a la sesión Pilar volvió al colegio y un mes después aprobó con buena nota sus exámenes de acceso a la universidad. Un año después, Pilar me escribió un testimonio sobre lo que supuso para ella hacer dos sesiones de terapia regresiva: “Tras estas sesiones he sido capaz de mejorar tanto mental como físicamente y noto en mi día a día que han tenido el efecto que debían. Sin duda, la mejor experiencia terapéutica que he tenido, ya que no había sido capaz de superar esto con psicólogos anteriormente”.
Fede: comportamiento disruptivo en el aula. Explosiones de ira.
El caso de Fede viene documentado en mi capítulo “Cinco acompañantes inseparables” del libro del que soy coautor Terapia Regresiva y Almas Perdidas. Experiencia de diecisiete terapeutas (Asociación Española de Terapia Regresiva, Editorial Punto Rojo Libros, 2022).
Fede tenía 13 años y cursaba 1º ESO cuando sus padres me llamaron desesperados por su comportamiento disruptivo en el instituto con profesores y, en particular, con el jefe de estudios. Llevaba años de terapias psicológicas y su comportamiento no acababa de mejorar. Estaba diagnosticado de trastorno de conducta desafiante.
En la entrevista inicial dijo una frase que llamó mi atención: “Cuando me porto mal en el instituto siento como si no fuera yo”. En la primera sesión aparecieron en su mente cinco personajes que le manipulaban y le enfadaban. En su imaginación pudo hablar con cada uno de ellos, entender qué hacían allí, qué le estaban provocando y decirles que ya los había descubierto y no volvería a hacerles caso. A partir de ahí experimentó una mejoría a nivel de estar más tranquilo y controlar su rabia. Hubo otras dos sesiones más; en una revivió una historia que explicaba por qué odiaba hacer caso a los maestros y en la última pudimos entender su relación conflictiva con el jefe de estudios.
A día de hoy Fede tiene 17 años y cursa 1º de Bachillerato sin que desde entonces haya habido ningún tipo de problema académico o conductual significativo. Actualmente sus padres tienen las quejas normales que cualquier padre o madre de un adolescente de 17 años, pero las llamadas continuas desde el colegio no se volvieron a repetir.
Marta: tristeza profunda e ideaciones suicidas.
Marta, era una chica de 14 años que cursaba 2º ESO en Cádiz. Era guapa, alegre, buena alumna y muy bien aceptada en clase. Pero en los últimos dos meses había entrado en un estado profundo de tristeza, lloraba sin saber por qué y había escrito varias notas diciendo que tenía ganas de morirse. Su madre me llamó por teléfono alarmada porque la habían llamado del colegio asustados por su fragilidad mental e iban a iniciar un protocolo de prevención de conducta suicida.

Quedé por videollamada con Marta y su madre para hacer una sesión online. Marta me contó que iba a una psicóloga, que le servía para desahogarse pero que seguía sintiendo la misma tristeza y el deseo de que su vida se acabara pronto. En la regresión, Marta se visualizó como otra niña, unos años mayor, que vivía en otra época, se sentía muy desdichada y triste y que, finalmente, se quitaba la vida. Marta logró entender que sus sentimientos actuales de tristeza eran de esa chica y no de ella, por lo que los pudo soltar para siempre y recuperar la fuerza y la energía de la chica alegre que había sido meses atrás. Al acabar la sesión el rostro de Marta había cambiado, tenía una sonrisa amplia y se la veía con más energía.
Su madre me dijo que días después Marta les contó la sesión a todas sus amigas como si hubiera visto una película que su mente había diseñado solo para ella, para que ella pudiera entender lo que le había pasado. Sus amigas les dijeron a sus madres que querían tener una sesión conmigo, querían ver la película que sus mentes tenían preparadas para cada una de ellas.
Así son los adolescentes, no se cuestionan nada, solo si la terapia les sirvió o no.
Reflexión final: el adolescente solo quiere sentirse mejor
La psicología evolutiva nos explica que el adolescente está construyendo su identidad, una identidad que cambia día tras día en función de sus vivencias actuales. En esa búsqueda de identidad el adolescente es radicalmente honesto con su sufrimiento, porque no lo justifica ni lo intelectualiza. Lo sufre. Porque el adolescente tiene activa al 100% su capacidad de conectar perfectamente con sus sentimientos; con los buenos, por eso hay días que los ves radiantes, y con los malos, que les hacen sufrir y caer en un pozo sin fondo.
El caso de Marta es un claro ejemplo: el adolescente sufre y quiere dejar de sufrir. Un adulto llega a consulta con sus teorías sobre lo que le pasa y quiere que le des la razón. Un adolescente llega a consulta con su dolor. Y solo quiere una cosa: dejar de sufrir. No quiere explicaciones sobre lo que le pasa, no quiere instalarse en el pasado. Lo que desea es liberarse de ese pasado tormentoso y vivir el presente con más tranquilidad y con más paz.
Mi objetivo cuando trabajo con un adolescente es que al terminar la sesión me diga “me siento mejor”. Comprobar que ha podido soltar lo que su mente ya no necesita cargar es lo que he hace sentir satisfecho.
Por teoría evolutiva, por la actitud del adolescente y por sus ganas de salir cuanto antes del sufrimiento, puedo afirmar que la terapia regresiva es una opción ideal para un adolescente que sufre.
Andrés Lagar García es psicopedagogo, terapeuta regresivo y coautor de El Alma Sin Velo (Punto Rojo, 2022), Terapia Regresiva y Almas Perdidas (Punto Rojo Libros, 2023) y Terapia Regresiva y Consciencias no Humanas (Círculo Rojo, 2024), publicados todos por la Asociación Española de Terapia Regresiva (AETR).
Comentarios